9. DESCUBRE TU TESORO Y COMPÁRTELO (9-13 de noviembre)

 

 

1º ciclo

EL ÁRBOL Y LAS VERDURAS

Había una vez un precioso huerto sobre el que se levantaba un frondoso árbol. Ambos daban a aquel lugar un aspecto precioso y eran el orgullo de su dueño. Lo que no sabía nadie era que las verduras del huerto y el árbol se llevaban fatal. Las verduras no soportaban que la sombra del árbol les dejara la luz justa para crecer, y el árbol estaba harto de que las verduras se bebieran casi toda el agua antes de llegar a él, dejándolo la justa para vivir. La situación llegó a tal extremo, que las verduras se hartaron y decidieron absorber toda el agua para secar el árbol, a lo que el árbol respondió dejando de dar sombra para que el sol directo de todo el día resecara las verduras. En muy poco tiempo, las verduras estaban esmirriadas, y el árbol comenzaba a tener las ramas secas.

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Ninguno de ellos contaba con que el granjero, viendo que toda la huerta se había echado a perder, decidiera dejar de regarla. Y entonces tanto las verduras como el árbol supieron lo que era la sed de verdad y estar destinados a secarse.

Aquello no parecía tener solución, pero una de las verduras, un pequeño calabacín, comprendió la situación y decidió cambiarla. Y a pesar de la poca agua y el calor, hizo todo lo que pudo para crecer, crecer y crecer... Y consiguió hacerse tan grande, que el granjero volvió a regar el huerto, pensando en presentar aquel hermoso calabacín a algún concurso. De esta forma las verduras y el árbol se dieron cuenta de que era mejor ayudarse que enfrentarse, y de que debían aprender a vivir con lo que les tocaba, haciéndolo lo mejor posible, esperando que el premio viniese después.

Así que juntos decidieron colaborar con la sombra y el agua justas para dar las mejores verduras, y su premio vino después, pues el granjero dedicó a aquel huerto y aquel árbol los mejores cuidados, regándolos y abonándolos mejor que ningún otro en la región.

Nota: Juntos podemos conseguir lo que nos propongamos, pero sin discusiones y peleas.

Rezamos un Ave María y un gloria.

 

2º ciclo y 3º ciclo

EL HOMBRE Y SU TESORO

Había una vez un hombre que paseando por el monte encontró una cueva increíble. En su interior había almacenadas toda clase de tesoros y piedras preciosas, y cuando lo vio, el hombrecillo no dudó en ocultar la entrada a aquel tesoro, y dedicó todo su tiempo a guardarlo.

Desde aquel día, el hombrecillo aprovechó para ocultar en aquella cueva todas sus cosas de valor, y para evitar que los demás se enteraran de que era rico, abandonó su trabajo, su casa, y sus amigos. Vigilaba constantemente los alrededores de su cueva tratando de evitar que nadie entrara, y por miedo a los ladrones, hacía guardia todas las noches ante la puerta. Así, el hombre estaba tan dedicado a su cueva que casi no comía ni bebía, y empezó a enfermar. Durante muchos días fue adelgazando y enfermando, perdiendo todas sus fuerzas, hasta estar a punto de morir.

Y un día, cuando prácticamente no podía moverse, se dio cuenta de que había sido su avaricia quien le había llevado a ese extremo. Entonces comprendió que para nada le había servido guardar su tesoro, y decidió compartirlo con otros justo antes de morir. Cuando entró en la cueva para coger un buen puñado de aquellas riquezas, descubrió horrorizado que apenas quedaba nada. Tan sólo una pequeña esmeralda de brillo apagado. El hombre la tomó y salió fuera dispuesto a regalársela al primero que pasara por allí. Al poco apareció por allí una mujer, que recibió la piedra con gran alegría, mientras el hombre le decía.

"-Te habría entregado muchos más tesoros, mujer, pero no sé dónde han ido y esto es lo único que me queda"

descubre-tesoro-2- ¿Seguro que no hay nada más?- replicó la mujer.

El hombre negó con la cabeza y le señaló la cueva, en la que vio brillar algunas monedas doradas.

- Pues qué suerte, sí quedaba alguna más. Toma llévalas contigo.

La mujer tomó la piedra y las monedas, y se fue feliz y contenta. Al rato, apareció un nuevo anciano que preguntó al hombre qué hacía allí.

- ¡Qué mala suerte! Justo hace un momento le he dado a una mujer las pocas riquezas que quedaban del fabuloso tesoro que custodiaba.

El anciano preguntó:

- ¿Seguro?

Y cuando el hombre le mostró la cueva, descubrió un cofre con joyas y unas bolsas de oro. EL hombre no salía de su asombro, y el anciano le explicó:

¡Por fin! Por fin alguien libera el encantamiento de esta cueva. Mira, esta es la Cueva de los Mil Tesoros, y eres el primero que supera su gran prueba. Muchos han sido los que han dedicado su vida a esta cueva para terminar comprobando que no había ya nada...

¿Y por qué ocurre esto? -dijo el hombre- ¿por qué aparecen y desaparecen las joyas?

Hijo, esta cueva mágica tiene tantos tesoros como tenga tu corazón. Cuando alguien la descubre, se llena de los tesoros que trae consigo, pero cuando luego todos ponen el empeño en guardar las riquezas, su corazón se vacía de las cosas importantes para dejar huevo al dinero y a las joyas, y al final se queda vacío, como has visto tú mismo?. La única forma de llenarlo es llenando el corazón con todas las cosas buenas, como has hecho al regalar la última joya a esa mujer. ¿No te sentiste mejor al hacerlo? Eso era porque la cueva se estaba volviendo a llenar...

Y aquel hombre comprendió que era mejor compartir que guardar, y desde entonces se convirtió gracias a su cueva, en un gran señor, noble y generoso.

Nota: Reflejaremos el valor que tiene las cosas y el saber compartirlas.

Rezamos un Ave María y un gloria.